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EL TIRO LIBRE | ¿Volverán aquellas gestas de Hickory?

Hickory fue el nombre elegido por el director David Anspaugh para contar la verdadera historia del pequeño instituto Milan, ubicado en un pueblecito rodeado de extensos campos de maíz en el estado de Indiana, un extenso horizonte en el que tan sólo sobresalen graneros en la inmensidad de campos dorados de los que siempre cuelga una canasta.

Allí, en 1954 se gestó una de esas historias inspiradoras, épicas, diferentes, que te hacen creer que todo es posible dentro de la cancha. El cine la llamó “Hossiers, más que ídolos” y hoy el American Film Institute la considera una de las 100 películas más inspiradoras de la historia. En ella, un grupo de valientes, se sobrepusieron a todo, nunca fueron favoritos, su trabajo, su juego y su compromiso les permitieron alcanzar la gloria.

A todo aficionado le vienen a la mente infinidad de imágenes imborrables de esta película, la entrada al Hinkle Fieldhouse antes de la final y su entrenador sacando una rústica cinta de medir para hacerle ver a sus chicos que nada ha cambiado, que la canasta está a la misma altura. No me imagino a Frank Vogel haciendo lo mismo pero, desde su llegada al banquillo de los Pacers en Julio de 2011, él es uno de los principales “culpables” de que Indiana haya crecido de esta manera. Por supuesto de la mano de un Brian Shaw que sigue creciendo.

Y junto a él, sus jugadores, nada que ver con aquellos chicos de Hickory, blancos y enclenques que ganaban los partidos no se sabe como. En este estado de predominante población de raza blanca, sus nuevos ídolos, sus chicos de Hickory, son ahora unos portentos físicos y, en este caso combinada con una buena dosis de talento.

Tal vez me falte, entre ese grupo de gladiadores, encontrar el auténtico lider, al Máximo Decimo Meridio que les llevó a conquistar el Coliseo de Roma, o el Jimmy Chitwood de turno, si volvemos a la historia “hoosier”. Quizá este punto sea lo que les hace más fuertes, Paul George, David West, Roy Hibbert o George Hill promedian mas de 15 puntos por partido, secundados por Lance Stephenson que se crece por momentos y da miedo celebrando canastas.

¿Que pensará ahora Reggie Miller de aquellos partidos en los que debía multiplicarse para ganar una eliminatoria de Playoffs? Este si que fue un verdadero Jimmy Chitwood, contra los Knicks de Starks volviendo loco a Spike Lee en la banda o contra los Bulls del sexto anillo. Lo intentó pero le faltarón sus “hoosiers” particulares, se rodeó de Artest, de Jackson y de Jermaine O´Neal que se dedicaron a soltar mandobles en Detroit en lugar de meter canastas. Me lo imagino ahora en la grada del Conseco Fieldhouse (nadie como el gran Montes para nombrar este campo, que recuerdos) y jurando en arameo por no tener diez años menos.

El caso es que aquí están, plantados en la final de conferencia y poniéndoselo muy duro a los actuales campeones. Puede que haya llegado el momento porque parece que de “gasolina” andan sobrados estos chicos. No se sabe que pasará pero os recuerdo que Hickory ganaba cuando nadie lo esperaba, ganó de 2. Veremos que pasa. Yo digo, Go Hickory!




Alberto Alcalde
Twitter: @betotwiti


EL TIRO LIBRE | Chicago Bulls o la épica de apagar un fuego

En la ingenuidad de nuestra infancia, en esa candidez que viene de serie cuando no levantamos más que unos pocos palmos del suelo, jugamos, imaginamos y soñamos, no cuesta nada, es gratis. Nuestras manos son pequeñas y buscan instrumentos que dominar, moverlos a nuestro antojo, creando historias imposibles que son las más divertidas.

Entre las montañas de juguetes muchos eligen los coches, y los de los colores más llamativos y los que hacen más ruido, siempre hay un coche de bomberos, rojo, que fija nuestra mirad, que llama nuestra atención, ya tenemos protagonista.


Ahora hay que buscar la historia, es fácil, ¿qué niño no ha querido alguna vez ser bombero? Todo incendio tiene algo de heroico en el rescate, con héroes anónimos que luego son protagonistas de infinidad de películas de Hollywood, un grupo de hombres forjados a si mismos, que no buscan los titulares, que se conforman con ser parte de un grupo al que le unen fuertes lazos de lealtad y compañerismo, que siempre arriman el hombro en la adversidad guiados por un veterano capitán al frente, ya entrado en carnes pero al que todos respetan por sus años de servicio, su voz ronca de mando y su honestidad en el trabajo.

Y todo esto me recordó a Chicago Bulls, a estos Bulls que no son legado del equipo de leyenda forjado por Jordan, Pippen o Kukoc. Estos Bulls se alejan del glamour de los flashes y los puros habanos, no brillan por el oro de sus relojes, tienen luz propia porque son admirados por lo que están haciendo. Ellos son los responsables de volvernos a hacer sentir niños, el baloncesto es un deporte de épica, de superación, de alcanzar lo imposible o al menos, intentarlo con ahínco, de este modo, nada habrá sido en balde.

Debemos estar agradecidos a estos Bulls, por devolvernos la ilusión por las grandes historias, las que imaginábamos de niños, cuando queríamos ser bomberos, o superhéroes, o volar. Son ese grupo de anónimos currantes que buscan alcanzar la gloria, y siempre ante montañas de adversidad. Perder a un MVP y que te den por muerto antes de empezar el año, que los astros se conjuren para hacerte perder a Luol Deng en un momento crucial de la temporada, encomendarte a un Nate Robinson criticado sempiternamente pero del que sus rivales ya desconocen cual es su criptonita, tener que cargar de responsabilidad a tus rookies, es suficiente argumento para una película que no puede acabar bien.

Pero por ahora, los protagonistas lo están haciendo más que bien, comandados por Noah y Boozer, espíritus salvajes, indómitos y valientes dispuestos a dar su vida por el servicio a las órdenes de Tom Thibodeau, el jefe por quien no dudan en acatar una orden, como el mejor de nuestros cuentos imaginados.

Si a cada madrugada de Playoffs de estos Bulls, con todos estos ingredientes, le insertásemos una banda sonora de Michael Giacchino, ya tendríamos la película perfecta.

No se como acabará, aunque realmente me da igual, de niño, cuando jugaba con mis coches nunca había un desenlace porque otra cosa llamaba mi atención, ya había pasado un buen rato, ya había disfrutado, ya había soñado y ese era el verdadero objetivo, hacerme creer que era posible. No se si estos Bulls pasarán la eliminatoria, pero cada canasta, cada rebote, cada gesto, es una victoria para el baloncesto y, como dicen estos días por la ciudad del viento, tal vez los Bulls, se hagán bomberos para apagar el fuego de Miami, porque por suerte, el basket tiene estas cosas que lo hacen único.  
"Everything is possiBULL"
Alberto Alcalde
Twitter: @betotwiti

EL TIRO LIBRE | Marc, un nombre propio


Puede que llegásemos a comprender y valorar en su justa medida la importancia y la dimensión del reciente galardón recibido por el #33 de los Grizzlies si apareciésemos de repente en una noche cerrada de un callejón cualquiera del Baltimore de The Wire, y toparnos de frente con “hermanitas de la caridad” como Andrew Bynum, Sheed Wallace, Kevin Garnett, Roy Hibbert, Kendrick Perkins o DeJuan Blair o Joakim Noah, dispuestos a todo menos a darnos caricias y besos manteniendo así su castidad divina.
 
Y esto es justo con lo que se ha encontrado Marc Gasol durante años y, a diferencia de cualquiera de nosotros en la situación antes mencionada y de la que todavía tengo un nudo en la garganta de imaginármela, ha salido victorioso como acredita su premio como Jugador Defensivo del Año en la liga más fuerte del planeta basket.

EL TIRO LIBRE | L.A. cena de los idiotas


Hubo un tiempo en el que parecía que el sol brillaba en California y reflejaba el púrpura y oro por todos los rincones del mundo. Hoy la cosa ha cambiado, el que sonríe ya no es Jack Nicholson en su eterna butaca de la fila 1, es el turno de los desheredados, para Billy Cristal y sus Clippers, por obra y gracia del comisionado Stern que decidió enviar con un lazo rojo a CP3 al hermano pobre del Staples.