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En la ingenuidad de nuestra infancia, en esa candidez que viene de serie cuando no levantamos más que unos pocos palmos del suelo, jugamos, imaginamos y soñamos, no cuesta nada, es gratis. Nuestras manos son pequeñas y buscan instrumentos que dominar, moverlos a nuestro antojo, creando historias imposibles que son las más divertidas.

Entre las montañas de juguetes muchos eligen los coches, y los de los colores más llamativos y los que hacen más ruido, siempre hay un coche de bomberos, rojo, que fija nuestra mirad, que llama nuestra atención, ya tenemos protagonista.


Ahora hay que buscar la historia, es fácil, ¿qué niño no ha querido alguna vez ser bombero? Todo incendio tiene algo de heroico en el rescate, con héroes anónimos que luego son protagonistas de infinidad de películas de Hollywood, un grupo de hombres forjados a si mismos, que no buscan los titulares, que se conforman con ser parte de un grupo al que le unen fuertes lazos de lealtad y compañerismo, que siempre arriman el hombro en la adversidad guiados por un veterano capitán al frente, ya entrado en carnes pero al que todos respetan por sus años de servicio, su voz ronca de mando y su honestidad en el trabajo.

Y todo esto me recordó a Chicago Bulls, a estos Bulls que no son legado del equipo de leyenda forjado por Jordan, Pippen o Kukoc. Estos Bulls se alejan del glamour de los flashes y los puros habanos, no brillan por el oro de sus relojes, tienen luz propia porque son admirados por lo que están haciendo. Ellos son los responsables de volvernos a hacer sentir niños, el baloncesto es un deporte de épica, de superación, de alcanzar lo imposible o al menos, intentarlo con ahínco, de este modo, nada habrá sido en balde.

Debemos estar agradecidos a estos Bulls, por devolvernos la ilusión por las grandes historias, las que imaginábamos de niños, cuando queríamos ser bomberos, o superhéroes, o volar. Son ese grupo de anónimos currantes que buscan alcanzar la gloria, y siempre ante montañas de adversidad. Perder a un MVP y que te den por muerto antes de empezar el año, que los astros se conjuren para hacerte perder a Luol Deng en un momento crucial de la temporada, encomendarte a un Nate Robinson criticado sempiternamente pero del que sus rivales ya desconocen cual es su criptonita, tener que cargar de responsabilidad a tus rookies, es suficiente argumento para una película que no puede acabar bien.

Pero por ahora, los protagonistas lo están haciendo más que bien, comandados por Noah y Boozer, espíritus salvajes, indómitos y valientes dispuestos a dar su vida por el servicio a las órdenes de Tom Thibodeau, el jefe por quien no dudan en acatar una orden, como el mejor de nuestros cuentos imaginados.

Si a cada madrugada de Playoffs de estos Bulls, con todos estos ingredientes, le insertásemos una banda sonora de Michael Giacchino, ya tendríamos la película perfecta.

No se como acabará, aunque realmente me da igual, de niño, cuando jugaba con mis coches nunca había un desenlace porque otra cosa llamaba mi atención, ya había pasado un buen rato, ya había disfrutado, ya había soñado y ese era el verdadero objetivo, hacerme creer que era posible. No se si estos Bulls pasarán la eliminatoria, pero cada canasta, cada rebote, cada gesto, es una victoria para el baloncesto y, como dicen estos días por la ciudad del viento, tal vez los Bulls, se hagán bomberos para apagar el fuego de Miami, porque por suerte, el basket tiene estas cosas que lo hacen único.  
"Everything is possiBULL"
Alberto Alcalde
Twitter: @betotwiti

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