Mientras todos hablan de la rivalidad entre Lebron James y Kevin Durant, del ocaso de las dos mejores franquicias de la historia de la NBA (Lakers y Celtics), o del intenso olor a podrido de la Gran Manzana. Un poco más al sur, en la ciudad de la música, pero sin hacer mucho ruido, aunque eso sí, reventando todas las expectativas, se encuentra Anthony Davis. Consolidado en la élite. Y parece que ha venido para quedarse.
Observando generación tras generación, y viendo los casos de la mayoría de deportistas, la etapa de consolidación de un jugador transcurre a la vez que progresa su aspecto físico. En el camino entre la delicada etapa germinal y la inmodestia de un jugador consolidado, transcurren una serie de cambios impulsados directamente por la edad. No obstante, hay veces en las que alguien se salta prematuramente esa etapa para dar rienda suelta al talento puro que lleva dentro. Ese es el caso de Davis, cuya edad y peso no corresponden a todo lo que es capaz de hacer. Y sin demasiados focos de por medio, para salvaguardar la arrogancia de las estrellas.
Criado en el sur de Chicago, su primera etapa de gestación baloncestística tuvo lugar en un pequeño colegio situado en una zona marginal de la ciudad. Mientras la mayoría de niños jugaban en el gimnasio, el joven Davis pasaba las horas a solas frente a una canasta colgaba en una pared del patio. Con 15 años ya rondaba el 1,90, aunque su peso no superaba el de sus zapatillas. Flacucho, imberbe y de aspecto muy afable, Anthony Davis hacía de ‘playmaker’ en el equipo de su colegio. Capaz de correr la pista más rápido que nadie, subir el balón, tirar de tres con una alta eficiencia y además rebotear. Todos alucinaban viendo jugar a aquel espigado chico.
En su etapa de universidad, John Calipari quedó asombrado de su multitud de cualidades y decidió echarle el lazo para su equipo. A diferencia de lo que Davis estaba acostumbrado, el técnico de Pensilvania quiso elevar a la máxima potencia sus capacidades defensivas. Por todos eran conocidas, antes de llegar a la NBA, sus habilidades para el rebote y el tapón, su punto fuerte. Todo ello fruto de un entrenador que vio en él al jugador llevado al máximo extremo.
Tras su desembarco en la mejor liga del mundo, las primeras expectativas puestas en él se cumplieron. Gran lectura de juego, dominio del rebote, corría bien al contraataque y era capaz de dificultar el tiro de cualquier rival que se le pusiera en frente, pues logra taponar sin necesidad de contacto físico previo. No obstante, le faltaba fortaleza en el juego ofensivo y el contexto mediático le superaba. Se libraba del balón tan pronto como las cámaras se hacían eco de su presencia. Además, las dichosas lesiones frustraron su primer año y su carrera por el ‘Rookie Of The Year’.
A día de hoy cumple su segunda temporada en la liga, pero ya se ha consolidado entre los mejores ‘centers’ de la NBA. Sus números (21,3 puntos y 10,3 rebotes) le avalan en la élite, aunque su edad le libra de la soberbia de un ‘All Star’. Además, la intimidación sigue su aspecto primordial, promediando 2,8 tapones por noche y dominando la liga en este apartado.
Un proyecto que tenía como objetivo cargar el backcourt con jugadores como Eric Gordon, Jrue Holiday y Tyreke Evans para incrementar la velocidad del juego y dejar total libertad en la zona a su jugador estrella. Sin embargo, las lesiones privaron Monty Williams de su propósito y Anthony Davis se ha quedado como único baluarte de dicho proyecto. Y está rebasando las expectativas con abultada solvencia.
En su segundo año en la liga muchos ya le comparan con Kevin Garnett. Por estilo de juego se asemejan enormemente, aunque aún le queda desarrollar el carácter y liderazgo. Aspectos que el tiempo agrandará. Y mientras sucede lo segundo, no nos queda otra que disfrutar de lo primero. Del Anthony Davis 2.0.